sábado, 4 de octubre de 2014

Selección de poemas de "Retratos mal hablados", Leonel Alvarado




primer amor

no está en el foco de sesenta watts,
delatadoramente rojo, este amor.
no hay que ir a transarlo a esos antros
regentados por los caseros del diablo
ni hay que mortificarse buscándolo
entre encajes de novias indecisas.

otra es su luz,
blanca, cegadora, abundante
como las prodigiosas redondeces de esta mujer
que desde algún limbo se anuncia sin misterios
para que este muchacho ponga a prueba
sus ambiciones de hombría. a través
de la magia intermediaria de cables y botones
ella se le ofrece a la medida de sus ansias.

a puerta cerrada, con el pantalón en los tobillos,
él se afana en una maniobra que si bien es torpe
no deja de ser eficaz. después el cuarto,
la silla y la pantalla, libres
de la urgencia, vuelven a su otra realidad.

ella no se viste para irse. sucede
que esta hembra user friendly
siempre está allí y en otros cuartos
en los que el mismo muchacho
se afana en un ritual
tan antiguo, solitario y enigmático
como la invención del mundo.

viéndolo bien
en su onanismo virtual este muchacho
demuestra que sin la ocurrencia de la costilla
este hubiera sido el único consuelo de Adán.



las diez partes en que se divide un alvarado



su estatura afeitada
me sonríe, su cuerpo recién almidonado
tendido en medio de la casa. con voz firme
mamá pidió que los dejaran
solos en la sala. se cerraron las puertas
y entre altos jarros de agua tibia
se quedó sola con su alvarado.
lo desnudó en silencio y con paños
le limpió las heridas. de los pies a la cabeza
lo recorrió por última vez. tibio
le dejó el corazón
como queriéndolo despertarlo.
ganas de ala
le buscó en la espalda, brotes
de geranio, algún retoño
que la muerte hubiera pasado por alto.
afanada en aguas, no se percató
de que se demoraba más de lo necesario
en aquella cicatriz que tantas veces
le vio al quitarse la camisa. diestra
en cuchillos mansos, lo afeitó con esmero
para no herir más al alvarado
que se le iba entre las manos. sola
con el desnudo
se mordía los labios para no lavarlo
con su llanto. blando
se le iba entre paños que eran adioses
que no querían despacharlo.

a la hora de los almidones
lo vistió con rabia, lo ahorcó
en botones para despertarlo, le metió pliegues
en la costilla para que abriera los ojos
y reclamara a gritos, para que puteara
a esa muerte del carajo que le reventó el pecho.

pero el corazón, teresita, se había quedado
en la yerba. el pecho
era un caserón vacío como esa sala
en la que usted se encerró
por última vez con su alvarado.



incubante

2  

yo no tendría que quererte esta máquina.
puedo bajar a la cafetería, irme a la esquina
con mi vaso de cartón y preguntarme
si vale la pena reciclarlo. pienso en el ozono
mientras tú aún no sabes
de pulmones. yo respiro demasiado. gasto
lo que no tienes. vaya descanse me dice
la enfermera. y no le quito el ojo
al switch, ese dios que aprende a soplar en tus costillas.

use las escaleras en caso de incendio. y qué uso
si la boca de Dios se cansa, si la máquina ve el reloj:
las cinco. y te deja el pecho a medio hacer.
o si a ochenta y tantos kilómetros de aquí
un rayo carboniza el generador. por eso, y me entenderás,
no te quiero tanto máquina, por tu omnipresencia
asustadiza: un cable triste y ¡zas! te mueres.
y no es el soplo en el barro lo que te pido, solo el afán
de tus arterias. que no las parta el rayo, que a Dios
se le olvide la hora de salida
de este paraíso esterilizado.



bolero que sabes a ron

lo que en empezó en la caña termina en delirio. el ardor
de la garganta se vuelve abrazo, confindencia, llanto
y la tristísima revelación de que todos somos hermanos
porque sufrimos las mismas penas. se cuentan
todos los recuerdos que nadie recordará. el bolero

termina en sangre si de pronto descubrimos
que por querernos tanto nos hemos traicionado.
lo que más pronto se hiere es el honor y lo que más
se tiene es ganas de defenderlo, sobre todo
si hay una hembra de por medio. los expertos

nos recuerdan que la ausencia de una enzima cerebral
aumenta la sensibilidad del ofendido. solo
la intervención de una mano un poco sobria
puede evitar que los hermanos se vayan a las manos.
después el abrazo, la bienvenida al que no se ha ido,
las ganas de irse juntos a terminarla a otra parte.

se les ve haciendo piruetas por la calle, hermanos del alma
hasta que la amargura de alguna copa les recuerde que,
por esas cosas de la vida, ya no se quieren tanto.



mínima moral 
o las ocho partes en que se divide el ritual de la mosca bailarina

7

al abrazarte
no sé dónde termina mi piel
ni dónde comienza la tuya. me parece
que hubo poros, que alguien tuvo huesos,
que si hago mucho esfuerzo al levantar
alguna cosa —la silla para descansar
de tu cansancio, las cajas donde pondré
mis cosas tuyas— algo cruje
en tu espalda. en la cervical, me dices,
comienzan a crujir las ilusiones. y entre
aceites y sales te apiadas de mi columna.
paso el día con esta piel, la tuya,
esperando la hora de saber
qué hiciste con mis arterias.
si en la mañana salgo a recoger el periódico
leo que estás dentro
esperándome. abro la puerta y entras
a darme las buenas nuevas. anoche se te vio
desnuda en una parte de la ciudad
que se parece tanto a nuestro cuarto.
entre los dos
te buscamos. algo me dice
que estarás en el patio, donde te viste
por última vez. si hubiera podado las matas
no tendrías dónde esconderte. bajas corriendo
(de alguna nube porque en esta casa
no hay escaleras). yo pongo el radio, tú el café.
recojo las cortinas y el sol
se pasea por el cuarto
con la cola entre las piernas,
da tres vueltas y se echa a tus pies
para que yo lo acaricie con tus manos.


8

A woman in love, wallowing in love;
a cat on roof, howling;
complex proteins swirling in the blood...
J. M. Coetzee

entonces resulta que todo es cuestión de proteínas.
todo este complejísimo asunto en el que uno,
tratando de no hacer el ridículo,
suda, tartamudea, recita versos
no es más que un torrente
de proteínas que comienza en el hipotálamo,
baja violentísimo por todo el cuerpo y envenena
la sangre más rápido y más letal que cualquier alcohol.

una mirada, un roce, un olor
al encontrarse en la acera o al cruzar la calle
hacen vibrar, como un violín recién afinado,
la pituitaria y desencadenan
un trajín de glándulas que trastorna al gato,
alborota al perro y es responsable
de tantos siglos de poesía amorosa.

uno hace lo que puede para mantener la compostura
mientras debajo del dacron de faldas y pantalones
circula el bien portado vocabulario
de los manuales: efecto fisiológico,
función de los tejidos, distensión
de los órganos reproductivos, secreción interna.

pero no hay que alarmarse porque el cuerpo
está protegido por una armadura
de broches y botones, zippers y elásticos,
velcro y cinturones. tantas puertas falsas
para que en beneficio de la buena moral
uno no pueda sacarse allí, a media calle,
esas malas proteínas del sistema circulatorio.